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© 2017 Myriam Aram

Arda Troya

26 Apr 2017

 

 

 

 

Helena era una mujer con buen corazón. Cuando los recuerdos dolorosos de su infancia cruzaban su mente y se clavaban en su pecho, buscaba ser lo más justa posible colocando en el otro plato de la balanza recuerdos bellos, como las veces en que su madre iba a buscarla a la escuela e iban juntas a mirar los puestos del ágora, las tardes con meriendas y canciones, o cuando su padre la llevaba a caballito por los jardines.

 

Helena conocía bien el lenguaje cifrado de las estrellas, el Kybalion, la ley de la polaridad y la rueda del Karma…

Sabía que todo lo que había experimentado en su infancia y su juventud era lo que su ser había necesitado para convertirse en quien era hoy en día. 

Que las personas que la habían criado y educado, lo habían hecho lo mejor que habían sabido y podido, dado su grado de consciencia. 

 

Sí, Helena sabía muy bien todo eso. Siempre había actuado en consecuencia contándose a sí misma la situación desde un punto de vista más espiritual y elevado… pero la realidad era que en ella habitaba un resentimiento inmenso, latente, serpenteando entre sus costillas como lava de un volcán. 

 

Por mucho que intentase ser alegre y luminosa, Helena seguía notando el sabor de la amargura… 

A veces, cuando estaba delante de su madre, deseaba explotar y castigarla verbalmente por todos los años de sumisión ante su marido, aceptando decisiones malas para ambas. A veces deseaba patear la tumba de su padre por su total ausencia a lo largo del tiempo, prefiriendo siempre la compañía de sus soldados y oficiales a la de su hija. Y sobre todo, se odiaba a sí misma por actuar intentando agradar a todos, y aceptar el egocentrismo de su pareja, Paris, niño grande que no sabía amarla… 

 

–Pero eso no sería justo porque, en el fondo, me han querido… a su manera. Todos actuamos siempre de la mejor forma que sabemos… –se recordaba, controlando así estos pensamientos cada vez que aparecían. 

 

Y en el no permitirse vivir plenamente sus emociones, Helena silenció una parte interna a la que llamó su “Sombra” y que buscó iluminar leyendo a los sabios. 

Y en la búsqueda de amar y estar en armonía a toda costa, su corazón, que se sabía herido, se cerró al dolor sin saber que haciéndolo también se estaba cerrando al amor. 

 

Su madre sufría por el trato distante que recibía de su hija.

No se daba cuenta de que esa distancia no hacía más que aumentar cuando criticaba el estilo de vida de Helena.

Ni veía la brecha que se abría entre ambas cada vez que ella defendía y justificaba, como siempre, el comportamiento egoísta y violento de su marido. 

 

Un día, mientras ambas conversaban, sucedió. 

Helena sintió cómo aquello se convertía en la gota que colmaba su vaso, haciéndolo rebosar…

Su lava interna se revolvió con violencia. 

“¿Vas a contenerte o a permitirte ser?” 

 

Helena aceptó ver sus emociones en vez de estafarse en nombre de su concepto de espiritualidad. 

Supo que deseaba ese incendio.

 –Arda Troya –se dijo con los ojos en llamas.

 

Helena se alejó para no herir a nadie, pero para permitirse vivir toda la ira y el resentimiento que habitaban en ella. 

Les dio un nombre, bramó, rompió, enterró, escupió sobre ello. 

Su furia arrasó el antiguo amor hacia sus padres y otros seres de su pasado. 

Un amor que crecía raquítico a causa del dolor, del rencor, de los malos recuerdos.

 

Al permitirse sus verdaderas emociones, LO MEDIO MUERTO MURIÓ

 

Helena siente cómo poco a poco, sin forzarlo, el incendio se va apagando… 

Las cenizas de su pasado han caído sobre la tierra de su pecho, alimentando nuevos brotes de amor y relaciones verdaderas. Ahora puede amar realmente a su madre, a su padre, a sus antiguas parejas... 

En esta tierra ha aparecido un camino por el cual aprende a caminar sin ignorar sus emociones y sentimientos. 

Ahora que se Permite Ser, con sus luces y sombras, sin intentar encarnar esa “Idealización Inhumana”… siente que nunca fue más elevada y espiritual.  

 

 

 

 

 

 

_______________________

 

 

Que Arda tu Vieja Troya, si es lo que tu Ser Necesita.

Permitirnos ser tan humanos como necesitamos, es quizás lo más elevado y espiritual que podamos hacer en nuestra vida: de ello nace el amor hacia nosotros mismos. 

 

Recuerda que el fuego purifica, 

pero si vives en perpetuo incendio, 

no es trascender, es aceptar el “papel de víctima”. 

 

 

 

 

Un abrazo con amor, 

 

Myriam Aram 

 

 

 

© Copyright de los textos: Myriam Aram

 

 

 

 

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Ilustración: Jim Warren  -  http://jimwarren.com/author/artewarren/

 

 

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