El Chamán del Agua


El chamán del agua bajó del destartalado autobús sonriendo. Olía a brotes tiernos de maíz y al campo tras una tormenta de verano. Hubiera pasado por un aldeano cualquiera, pequeño y jovial, sino fuera por aquel chubasquero y esas botas azules de plástico que, bajo el sol justiciero, le conferían un aspecto de lo más extravagante.

Le habían llamado porque hacía ya un año desde las últimas lluvias. La tierra era puro polvo y estaba surcada por grietas profundas. Todos los cultivos se habían echado a perder y los animales salvajes habían migrado.

La fama de aquel chamán era conocida por todos. De él se decía que había enseñado a los cherokees y a los zuñi a llamar a las nubes. Que había acompañado a los rishis en sus rituales para pedir lluvia, metido hasta la cintura en el Ganges. Que llenaba los lagos de África para que bebieran las manadas y que sus palabras aseguraban el rocío de la mañana y los monzones.

El chamán del agua observó aquel paisaje seco en silencio. Las mujeres se acercaron a él, agarrando sus brazos y sollozando. Los hombres le miraban desde cierta distancia sin poder esconder la angustia en sus ojos.

El chamán también quería que lloviese en aquella tierra enferma pero, primero, preguntó con profundo respeto al suelo agrietado y al cielo sin nubes si estaban de acuerdo. Preguntó al fuego, a la tierra, al viento y al agua si estaban de acuerdo. Y sintió que sí, que lo estaban aguardando.

Después cerró los ojos. No negó que el sol le abrasaba la piel, ni trató de evitar las gotas de sudor que caían por su frente o el polvo que se metía en su garganta. No se resistió al malestar que le producía aquel calor, ni lo trató como si fuera una visita indeseable, sino que le abrió su corazón y bromeó con él como haría con un amigo.

Sin esperar, le invitó a un aguardiente en una taberna donde charlaron durante horas jugando a las damas, escuchando boleros, contándose sus vidas. El chamán preguntó al calor el motivo de su presencia y, atento y compasivo, escuchó su mensaje. Pasearon juntos por el pueblo, almorzaron tacos y rascaron un boleto de la suerte entre los dos.

El calor, tranquilo y satisfecho al haber sido por fin comprendido, le hizo un gesto con la cabeza, pero el chamán aún no estaba preparado. Solo cuando en este no quedó más que amor por el calor, supo que había llegado el momento de la magia.

Sonriendo con astucia, el chamán volvió a cerrar los ojos e imaginó que aquella temperatura asfixiante era el bochorno previo a la tormenta. Jugó a sentir que las gotas de sudor que le caían por la frente eran en verdad gotas de lluvia, y que la luz cegadora que se colaba bajo sus párpados eran producto de los relámpagos. Fantaseó con que el agua rompía fuertemente contra su chubasquero y empezó a saltar en los charcos que se iban formando. Imaginó con tal convicción y disfrute que comenzaba a llover que… comenzó a llover.

Los del pueblo miraban al cielo y lloraban, incrédulos aún. Algunos rezaban, bailaban… había quien incluso sacaba sus cacerolas a la calle para llenarlas, por si aquello paraba en cualquier momento. Los niños gritaban y chapoteaban junto al chamán que era la viva imagen de la alegría.

Una joven se le acercó corriendo para preguntar qué debían hacer si necesitaban de nuevo llamar a la lluvia.

–Amad profundamente el calor asfixiante… –le respondió él, doblando las rodillas para coger impulso– y luego saltad en los charcos antes de que se hayan creado.

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Pequeña reflexión sobre el cuento.

Dicen los sabios que ese último paso que deben seguir los magos es el más complicado: aceptar lo que ya es (esa situación que nos hace sufrir) y confiar en que nuestro deseo está siendo atendido por el Universo.

Sé que mirar esa situación que tanto deseamos cambiar es a veces tan doloroso e incómodo, que lo que hacemos todos es empecinarnos en conseguir lo contrario y sentirnos mal porque aún no lo estamos experimentando. Pero sucede que aún no nos hemos puesto en paz con nuestra situación. Aún no la amamos.

“Amar lo que es”, lo que te disgusta, puede sonar a algo bastante difícil de hacer, ¿no? Pero… ¿qué tal empezar por “querer ver lo que hay”? Invitar a la situación a un té en la cocina y atreverse a sentirla, a mirarla, permitirla que esté contigo. ¿Qué tal aceptar esa situación con cariño, con humor, con paciencia, antes de ponerte a atraer tu sueño?

Que encuentres la paz del camino sin resistencia, para que así tus deseos te encuentren.

Con amor,

Myriam Aram

© Copyright de los textos: Myriam Aram

3er Texto del CICLO DE LA MAGIA

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