Eva en el Paraíso

17 Jul 2016

 

 

 

Cuando Eva salió del Paraíso, se obsesionó con la idea de regresar a Él. 

 

Cada vez que se fijaba en los ennegrecidos edificios de la ciudad, en la suciedad de las aceras, en el hacinamiento o el ruido, cerraba los ojos y recordaba con angustia todo lo que que ya no tenía: un jardín exuberante con palmeras y árboles de frutas deliciosas, flores de colores vivos y pájaros exóticos, agua que brotaba de los manantiales subterráneos junto a un suelo de hierba esponjosa por el que caminar descalza… 

   

Eva sufría aquella ausencia desconsolada y eternamente incompleta. Adán y ella tenían una hipoteca, no podían abandonarlo todo e irse sin más. 

 

Mientras clavaba un póster del Jardín del Edén en la pared, prometiéndose ahorrar cada céntimo para el viaje de ambos, un viento gélido la sorprendió. Provenía de una verja abierta en su alma. Eva empujó la valla y se asomó con cautela. Las hierbas crecían salvajes entre cardúmenes y espinos en un terreno abandonado, rodeado por un enrejado lleno de óxido. La humedad y el frío le erizaron la piel. Eva se estremeció intranquila al vislumbrar el Jardín de su Ser. 

  

Durante muchos años ignoró aquel solar. Lo usó como trastero, y al dejar la verja abierta, permitió que desconocidos usasen el espacio sin respeto y arrojasen despojos. Pero los cardos le arañaban el alma cuando respiraba. Los trastos sonaban entrechocándose cuando se movía, y ella tiritaba destemplada por aquel frío. 

 

 El Jardín del Edén la contemplaba desde el póster de la pared, hermoso e inalcanzable. Eva lo miraba y lo miraba sin saberse ciega… hasta que llegó el día en que realmente estuvo dispuesta a Ver

 

Fue entonces cuando caminó hacia su jardín interno. Ya no era una joven, los años le habían regalado valiosas perlas de experiencia. Nunca había conocido la paz ni el disfrute del momento presente. En su bélico perfeccionismo, siempre se había fijado en lo que le faltaba y en lo que estaba mal. Pero aquella vez, se arrodilló sobre la hierba y enterró su insatisfacción. Dejó de esperar a que llegasen semillas extraordinarias de tierras lejanas y plantó los frutos que ya comía. Sembró manzanas, aguacates, maíz, pipas, ciruelas y dátiles. 

 

Vio cómo otros entraban en aquel jardín y, en su inconsciencia, pisoteaban los brotes. Por ello, aprendió a cerrar la puerta y a elegir sus visitas. Comprendió que los vientos de ira y miedo devastaban su jardín, así que protegió los pequeños tallos y les dio calor con su cuerpo. Eva fue paciencia, Eva fue invernadero. 

 

 Los días y los meses le enseñaron a vivir en el presente y a caminar siguiendo únicamente su propia armonía. Aprendió a soltar y a dejar ir. Celebró cuánto crecían sus plantas, sus árboles, sus lotos y orquídeas, en vez de compararlas con las del Jardín del Edén. Se llenó del olor de las flores y de la fruta que se pudre en la tierra. Cantó entre los árboles cuando aún no había trinos de pájaros. Encendió hogueras cada vez que volvió el frío. 

  

 Eva nunca regresó al Paraíso. Eva se transformó en Paraíso.

 

 

 

 

 

                                              _________________________________

 

 

 

Para todos nosotros,  "aprendices de Paraíso". 

 

 

 

 

 

Hola amigos, este cuento cierra el "Ciclo del Amor". Espero que lo hayáis disfrutado, que os haya inspirado o ayudado en algún aspecto.

Muchísimas gracias por acompañarme a lo largo de estas semanas, y por todo lo que he recibido y aprendido de vosotros. Gracias.

¡Un abrazo enorme!

 

 Myriam Aram

 

 

 

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© Copyright de los textos: Myriam Aram

 

Ilustración: "Summer" by Tatka –  www. t-a-t-k-a.deviantart.com/gallery/

 

 

 

 

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