La mujer-cojera


Para todos los que hemos sido “mujeres y hombres-cojera”. Que te ames salvajemente, sin condiciones. Que la persona que ames te haga brillar.

La mujer-cojera

Ella era una mujer-cojera, él era un hombre-ombligo. El día que se conocieron sintieron una fuerte descarga magnética.

Ella le escuchó embelesada durante horas mientras él se extendía hablando de sus miedos, sus logros, sus sueños. Él suspiró, sintiéndose felizmente comprendido y admirado.

Ella se agarró a él como lo haría a un trozo de madera en un naufragio. Le dedicó su alma en vez de mirar sus heridas y necesidades que, como un niño triste, tiraban de su falda suplicando atención.

Él bebió su propio reflejo saciándose en los ojos de su amante.

Ella creyó que la compañía de ese hombre sensible de ombligo prominente le haría carismática como él, pensó que la curaría de su cojera… No quiso ver que lo que él tenía era un tremendo agujero en sus entrañas, por donde no le dieron de comer el amor que necesitó de niño. Ahora ese pozo caníbal devoraba todo y a todos con una espiral insaciable que se fugaba por su corazón roto, dejándole desnutrido e infantil.

Ella se engañaba para no ver que la profundidad de aquel foso era una ecuación matemática directamente proporcional al desdén que se profesaba a sí misma.

Una y otra vez acalló su intuición y falseó las pruebas para ver en él lo que no era. Plantó semillas de esperanza y cantos de ternura que aquella espiral tragó sin devolver los ecos, sin asomar un brote. De tanto dar sin darse, de tanto mirarle sin verse, se fue agotando y quedando yerma.

Empezaron a discutir cada vez más, se fueron distanciando.

Él sentenció que ella era otro fraude más en su lista de mujeres que no sabían amarle. Empezó a coquetear con el espejismo de otros pechos que sí le colmarían.

Rota, hizo las maletas y cerró la puerta por siempre. Miró la calle llena de hombres-veleta, hombres-botella y hombres-anzuelo. De hombres-niño y hombres-viejo. De hombres-ángel, hombres-corazón y hombres-caballero. Supo que ninguno sería capaz de curar su cojera.

Sujetó fuerte sus maletas y puso rumbo hacia al amor propio.

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Todos somos personas-mensaje para todos, con los que poder ver reflejados nuestros anhelos, nuestras carencias, nuestros dones.

Todos somos personas-regalo para todos.

¿La tierra dónde plantas tu amor te nutre de vuelta? ¿Das sin darte, miras sin verte?

Cuando caminamos hacia el amor propio, sanamos nuestra cojera.

Con amor,

Myriam Aram

Ilustración: “Touch the sky”, de David Joaquín

www.twohawkstudio.com

Copyright de los textos: Myriam Aram

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