Los años iban pasando y, aunque cambiaba cada poco tiempo de ambiente, llevaba conmigo a todas partes una dolorosa sensación de soledad, y un fuerte rechazo hacia el sinsentido que parecía gobernarlo todo.

   El mundo aparentaba ser un lugar amenazador donde cada uno iba a lo suyo, y en el cual te tenías que buscar las castañas no fuera que terminases debajo de un puente por soñador. Un sitio donde las cualidades que se valoraban eran básicamente “de ciencias”.  ¿Y qué haces cuando no eres un crack en económicas, en marketing o el inventor del exitoso-objeto-tecnológico-de-turno?. ¿Dónde estaba la magia? Me sentía estafada por la Creación, y al mismo tiempo, culpable de mi malestar dado que más de mitad de la población mundial vivía con graves problemas. 

Cómo empezó todo...

   Me llamo Myriam. Me licencié en Historia del Arte en la Autónoma de Madrid, allá en los tiempos en que no tenía ni idea de qué quería hacer con mi vida, ni nadie que me recordase el camino del corazón (me da que esto de ir correteando como un pollo sin cabeza nos ha pasado a muchos, ¿verdad? ¿Alguien sabía hacia dónde iba en sus años mozos?)  

 

   Ya desde entonces tenía un sueño: encontraría mi vocación, ese algo que me llenaría de alegría y pagaría mis facturas. ¡No me conformaría con menos!  

 

   Pero a veces, puede suceder, que una vocación sea algo que no te permites mirar a la cara. Como si fuera un lujo que te fuese a salir caro o una cosa que te puede explotar entre las manos por dejarte llevar. 

 

   Mientras perseguía mi sueño debía mantenerme, así que le di más al brazo cortando jamones que un alumno de quinto curso de violín. Me vestí con falda de tubo como azafata de ferias y congresos, y con mono de obrero para soldar y reconstruir con fibra de vidrio los vagones de Metro de Madrid. Corrí hacia los hambrientos clientes de un restaurante americano y huí de la policía cuando vendía mi artesanía en la calle. Me dejé la pituitaria testando suavizantes comerciales y la piel de las manos tirando de las cuerdas de los telones en muchos teatros de la ciudad…

   Comencé un viaje que duró años hacia el interior para cerrar mis heridas.

Me formé como sanadora energética y, por fin, me permití ver que escribir, ese discreto compañero de viaje que siempre iba conmigo, era lo que me hacía inmensamente feliz.

   Así que me sumergí de lleno en mi vocación. Descubrí que la medicina que nos cura, es la medicina que nosotros hemos venido a compartir con los demás. Nuestra aportación a esa gran familia que somos alrededor de esta Tierra hermosa. Ese granito de arena que puede dar la mano a alguien que se ha tropezado y se está levantando, de la misma forma que otras manos nos ayudan a levantarnos a nosotros y avanzar en nuestro camino. 

 

  

 

 

                                         Ahora escribo para recordarnos quienes somos.

                                                        GRACIAS por permitirme compartir este espacio contigo. 

   Quizás hubiera seguido frustrada y enfadada, dando vueltas de un lugar a otro como un hámster en su rueda, sino fuera porque mi madre se puso muy malita.

   En nuestra búsqueda de cualquier cosa que la hiciera recuperar la salud, empezamos a profundizar en temas como la meditación, comer más sano, la energía y las terapias alternativas, en aprender el significado que cada enfermedad tiene…

   Ella, que vino al mundo en un piso de una minúscula callecita de Madrid acompañada de la partera y sus padres, se marchó de este en nuestra casa, acompañada por nosotras que, rotas, sosteníamos en nuestras manos sus manos y todos los regalos de amor y consciencia con los que la situación nos colmó.  

Ensoñar para Crear la Nueva Tierra

September 17, 2020

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